Conferencia dictada como orador a invitación de la organización IGUALDAD

Desarrollo Económico y Subdesarrollo Político

4 de diciembre de 2014

Saludo

Muy buenos días a todos. Especialmente al querido amigo José Manuel Saldaña. Permítaseme confesarles que nunca imaginé que estaría dirigiéndome a un grupo como éste. Vivimos en una sociedad dónde nos hemos empeñado en aislarnos en grupos. Grupos que profesan ideologías y posiciones tan firmes que sus miembros llegan a pensar que son irreconciliables con cualquiera otra posición. Por ello, se me hacía difícil pensar que hubiese interés en escuchar lo yo tendría que decir por un grupo cuyo móvil es un cambio en el status político de Puerto Rico. No porque yo esté afiliado con algún movimiento en particular. No, por todo lo contrario.
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La campaña del 2016 comenzó en septiembre del 2014. Probablemente antes. Con el inicio de ese proceso termina el escaso tiempo que puede dedicar el país a considerar su predicamento económico. De ahora en adelante, con intensidad aún más aguda que la normal, todo se verá a través del color del cristal partidista. Se acabó la esperanza del debate regido por la lógica. Se terminó la esperanza de un armisticio que hiciera posible decidir y actuar en armonía con el sentido común para atajar el fracaso de nuestra economía. Por delante tenemos dos años de discursos demagógicos; de decisiones que responderán a la lógica de los partidos; de acciones dirigidas al beneficio de segmentos y facciones. La garata y la intriga cundirán aún dentro de los partidos. Ni se diga fuera o para con los contrarios. Como el calamar, nos cocinaremos en nuestra propia tinta.

Cuando se piensa en lo que se avecina, se le pone a uno la carne de gallina, v.gr., uno de los períodos más peligrosos por los que haya pasado la economía de Puertos Rico. La insolvencia y la bancarrota son prácticamente una certeza para entidades críticas del gobierno y de la economía de Puerto Rico. 

En medio de la debacle el gobierno responde con una iniciativa supuestamente dirigida a reformular la estructura del sistema tributario del país. Tarea difícil en tiempos normales y sumamente peligrosa en tiempos de crisis. Si fuese a apostar por el éxito de esta gestión, francamente, tendría que hacerlo en contra. No atendimos como sociedad las advertencias de los que vimos escrito en la pared lo inevitable. Por el contrario, se continuó con el comportamiento que había provocado la crisis. Peor, aún se intenta ocultar la gravedad de la crisis recurriendo a un discurso preñado de un optimismo tonto que, lejos de hacer bien, solo contribuye a continuar con la negación y con estilos dañinos que nos trajeron a la encerrona.  

Proponentes de distintas vertientes ideológicas han presentado la alternativa de status que prefieren como el factor que resuelve la insuficiencia económica de Puerto Rico. Confieso que, por mucho tiempo, yo pensé de igual forma. Hoy les digo que ya no comparto ese convencimiento. La insuficiencia de la economía de Puerto Rico no se resuelve por vía de un cambio en el status. Ni la independencia, ni la libre asociación (república asociada), ni la estadidad federada con los EEUU son remedio. Más bien, la economía de Puerto Rico tendrá que ser rediseñada y reconstruida como requisito previo a cualquier cambio en el status. De hecho, será imperativo resolver la condición de improductividad y dependencia en que nos ahogamos si es que se busca el desarrollo político. Esto es así particularmente en lo que se refiere a la estadidad federada. 

El status actual ha coexistido con condiciones económicas variantes. Condiciones variantes tanto en el ritmo de crecimiento económico, como en los niveles de variables clave que definen el estándar de vida. Por supuesto, la independencia, como modelo de organización política, recorre el tramo desde el éxito de Suiza hasta el fracaso del estado en Somalia. La estadidad federada presenta una realidad distinta. Su viabilidad deberá ser demostrada a satisfacción de una amplia mayoría de los miembros actuales de la federación, previa a la admisión del nuevo estado. Habrá que cumplir con requisitos no escritos que configuran un cuadro mínimo de riqueza. 

El cambio en status sí puede ser un poderoso motivador para modificar la estructura que hoy asfixia la economía de Puerto Rico. Pero, es mi opinión, que sólo si se coloca como la meta suprema del país. Presentar cualquier cambio de status en la relación política de Puerto Rico con los EEUU como solución a nuestro subdesarrollo económico es un error, porque simplemente no es cierto.   
 
Me temo que algunos proponentes de modelos alternativos de status temen que un buen desempeño de la economía en el actual status se convierta en un obstáculo a un cambio de status. Ese temor es peligroso porque se puede traducir en actitudes obstruccionistas dañinas a la economía y a la solidaridad social. En última instancia, son dañinas y hacen más difícil cualquier cambio de status que no sea uno forzado por el congreso sin la anuencia de los ciudadanos residentes en Puerto Rico. 

La insuficiencia de la economía de Puerto Rico tiene causas y agravantes. La causa principal consiste en una bajísima tasa de ahorro. El ahorro necesario para sostener la plataforma de producción se importa por medio de costosos subsidios. La productividad no es suficiente para permitir que el mercado absorba el excedente laboral. El gobierno ha intervenido todos los mercados buscando forzar una absorción mayor del excedente laboral. En vez de lograrlo, se ha convertido en el patrono de última y hasta de primera instancia. Para financiar tal proeza ha contado con transferencias federales y con otros ahorros del exterior. Los ahorros del exterior potenciaron la industrialización, permitieron el desarrollo de la industria de servicios financieros, y sostuvieron el crecimiento desproporcionado del estado benefactor. Los partidos políticos se encargaron de producir el gobierno clientelista. Esa combinación actúa como camisa de fuerza para imponer la parálisis política y el despegue económico.

La intervención del gobierno en los mercados ha creado distorsiones e ineficiencias de toda índole. Por ello, los mercados de la isla funcionan torpe e ineficientemente en cuanto a su función de asignar recursos. El Estado ha pretendido ocupar el campo y forzar la asignación de los recursos. El resultado ha sido una economía ineficiente e incapaz de competir en el mercado globalizado que hoy predomina. Una economía sometida por fuerzas que actúan como camisa de fuerza. Fuerzas que responden a un populismo rampante que impide la ejecución de lo que, de otra forma, sabemos que es lo verdaderamente necesario. Me refiero a que es indispensable anteponer la producción a la redistribución. No es posible distribuir lo que no se ha producido. No es posible re distribuir lo que no se ha distribuido aún.

El discurso populista complica las decisiones. Como resultado del mismo, se ha demonizado al capital y al capitalismo. La productividad se ha colocado en una posición de menor importancia. El resultado ha sido que la sociedad desprecia los valores, la conducta, y los quehaceres que son indispensables para elevar el estándar de vida.

La disfuncionalidad de la economía de Puerto Rico no es caso único. Con variantes, se observan estructuras similares en otras jurisdicciones. Jurisdicciones sustentadas por gobiernos de todo tipo –democracias y dictaduras, capitalistas, socialistas y comunistas. Las observamos entre naciones, regiones, uniones supranacionales y ciudades. De igual forma, encontramos casos que podemos catalogar como economías exitosas en todos los tipos de gobierno. Inclusive en colonias liberadas o anexadas. (Por varias décadas, Puerto Rico fue considerado uno de esos éxitos.) 

Hemos cometido un error estratégico fatal. Alentamos el proceso que instaló un gobierno asistencialista incapaz de sostenerse con ahorros propios. Se produjo, por lo tanto, una economía con características funestas. Por un lado, el sector productivo descansó en un suplido de ahorros externos. Los rendimientos, tarde o temprano, saldrían de la economía de Puerto Rico en respuesta a condiciones fuera del control local. Por otro lado, dos terceras partes de la población se hicieron dependientes del asistencialismo federal. 

Eventualmente, el Estado confrontó los limites económicos y fiscales para continuar siendo patrono principal. La limitada capacidad financiera se llevó a niveles que rebasan los límites constitucionales de prudencia financiera.  El clientelismo y la alternancia de los partidos llevó rápidamente a la bancarrota. En las primeras etapas, la bancarrota fue velada. Hoy no puede ya esconderse. Este es el modelo que en realidad se agotó. Un modelo en el cual la producción dejó de ser foco principal para dar paso a un espejismo. Una fantasía donde la demanda agregada se convirtió en el objetivo único. Un modelo en el que los niveles de consumo privado y público se satisfacen por vía de importaciones y se financian primordialmente con ahorros de no residentes. Un modelo donde la contribución de los residentes para sufragar al sector público se realiza por vía de una explotación cada vez más intensa. Una explotación estructurada en el sistema de tributación.

Un sistema de tributación que, por diseño, se empeña en producir las condiciones que precisamente debemos evitar. El sistema castiga al que trabaja. Castiga al que ahorra. Castiga al que se arriesga e invierte su capital en esta economía. Estimula el consumo, las importaciones y, por mucho tiempo, subsidió la inversión pasiva y la especulación en bienes raíces.

El modelo desbancó finalmente los soportes de la actividad productiva. La distribución se convirtió en objetivo único. Se utilizaron conceptos de la teoría económica, desarrollados para explicar la intervención del gobierno durante la menguante del ciclo económico en economías capitalistas relativamente cerradas, para justificar el gigantismo del sector público que hoy sufrimos. El consumo se confundió con la totalidad de la economía. El gasto del gobierno se justificó en términos de supuestos efectos secundarios. Para ello se descansó en la fabricación de supuestos multiplicadores. La insuficiencia de ahorros se conjugó con los ahorros del exterior (inversión, deuda y transferencias). Ese es el modelo que hoy yace en ruinas. Eventualmente, como todo “Ponzi scheme”, el modelo se agotó. Llegó la factura, la burbuja reventó y ahora hay qué pagar.

La bancarrota del Estado impone una pesada carga sobre los hombros de los residentes que permanecen en Puerto Rico y sobre los que, aun habiendo optado por huir, hayan prestados sus ahorros al ELA y/o a sus corporaciones públicas.

Pero el coste de la bancarrota del Estado, conlleva, además, otra perdida. La perdida de la opción de un cambio en el status. Hoy día, ninguna opción de cambio de status puede considerarse viable. Ello ha sido reconocido por lo menos por dos ex gobernadores. Ambos, han planteado que, como solución a la inviabilidad impuesta por la deuda sobre las opciones de status, el gobierno federal sea el que se haga cargo de saldarla. Uno lo planteó originalmente como una compensación por daños. El otro, la ha planteado recientemente como una propuesta económica. Una propuesta económica que devolvería viabilidad a un cambió de status. Ambos, a su estilo han reconocido, no la inviabilidad del status vigente sino la inviabilidad de las alternativas.

Volvamos al principio. La izquierda pregona que la deuda es impagable. Por lo tanto, que no se pague. Si acaso, que la paguen los ricos (americanos). Que el servicio de la deuda (pago de principal e intereses) se desvíe para pagar sueldos y beneficios. Precisamente lo que la constitución proscribe. Esa es la solución populista e irresponsable. Ni siquiera toma en cuenta que una buena parte de los acreedores son residentes de Puerto Rico que fueron inducidos a comprarla por la promesa implícita de que el compromiso constitucional, en la práctica, se extendía a la totalidad de la deuda del ELA.

La deuda no es impagable. La clave está en la producción. Es indispensable expandir la plataforma de producción. Para ello será necesario capital. El capital resulta de la acumulación de ahorros. De ahí que sea necesario sustituir el impuesto sobre ingresos por un impuesto eficiente sobre el consumo. Además, habrá que crear un ambiente propicio a la inversión. Por eso es esencial partir del principio que establece que se pagará la deuda. Renegar de ese compromiso es suicida. El acceso al mercado de capital será indispensable para financiar la inversión de capital. Solo la inversión de capital logrará expandir la producción, los ingresos y el estándar de vida. Lo demás, comenzando por los puestos de trabajo, caerá por su cuenta. 

Las pasadas décadas han sido desastrosas para la capacidad de producción. Es necesario elevar la productividad de la fuerza laboral. Una buena parte de la fuerza laboral de Puerto Rico está en el sector público. Es allí donde se desperdician los recursos y donde se encuentra el excedente requerido para lograr un cambio en el centro de gravedad de la economía. 

La economía de Puerto Rico no es viable, dado un coste unitario de la energía que se traduce en 27 c/Kvh. El monopolio estatal que produce y distribuye la energía eléctrica deberá funcionar en un ambiente de competencia que le obligue a cambiar radical y rápidamente su cultura. Los proyectos para transportar gas deberán ser reconsiderados. La reducción en el precio del crudo nos ofrece una oportunidad que no debe malgastarse.

Ya no cabe duda alguna en cuanto a que nuestro sistema público de educación constituye un gran fracaso. Será indispensable rehacerlo a partir de un concepto de sus unidades escolares administradas fuera de la burocracia de gobierno. Las escuelas que por años ha administrado la Universidad de Puerto Rico son un ejemplo de la calidad que puede lograr el sistema fuera de la esfera asfixiante del Departamento de Educación. Esas “charter schools” son el ejemplo a seguir. 

Continuamente se lee y se escucha una pregunta: “¿Cómo se reactiva ésta economía?” La interrogante implica que la reactivación de la  economía es realizable como resultado de iniciativas originadas desde el gobierno. Estamos acostumbrados a pensar así. Aquí, confieso que tengo una gran preocupación. No estoy seguro de que nuestro gobierno tenga la capacidad necesaria para lograr ese objetivo. Más aún, cada día me convenzo más en que el gobierno no sabe cómo hacerlo.

Las razones son múltiples. En primer lugar, las magnitudes envueltas son verdaderamente portentosas. Por ejemplo, obligaciones financieras del gobierno que superan los $75,000 millones. Achicamiento absoluto de la economía, de la fuerza laboral y de la población residente.  Una estructura de gobierno improductiva que responde a intereses propios de gremios de empleados y gerentes. Una profunda impericia y desconocimiento del funcionamiento básico de la economía. Una aceptación indolente de prioridades establecidas en los EEUU por el Congreso y por la burocracia federal, sin aquilatar las consecuencias de la ciega aplicación de programas a la economía y a la sociedad puertorriqueña. Aceptación de principios derivados de filosofías políticas desarrolladas en y para la sociedad norteamericana que gravita hacia la distribución, en detrimento de la producción.

Para volver a ganar el terreno perdido, la economía de Puerto Rico requiere de un esfuerzo concentrado y sostenido de inversión pública y privada que estimo en $10,000 millones anuales por un periodo de doce años. (En la medida que el monto anual sea inferior, el tiempo de recuperación será más prolongado.) El sacrificio que tal esfuerzo implica será similar al que se requiere de una sociedad en guerra.

Será indispensable elevar la productividad de la fuerza laboral. Una buena parte de la fuerza laboral de Puerto Rico está en el sector público. Se deberá comenzar un proceso de elevación de la productividad de esos empleados para facilitar su entrada al sector privado productivo. Para ello, se comenzará un proceso de elevación de conocimientos en todas las dependencias del gobierno. Cada funcionario dedicaría un día por semana a estudiar materias que incluirán: lectura y escritura en español e inglés, matemáticas, elevación de destrezas en la utilización de sistemas computadorizados, principios de contabilidad y finanzas, ética y buenas prácticas alimenticias. Dado que la productividad marginal de la mano de obra en el sector público es negativa, dedicar un día laboral al estudio y capacitación no disminuirá lo que añade de valor el sector público al producto bruto, sino todo lo contrario.

El gobierno deberá resistir la tentación y no escogerá las áreas industriales a ser impulsadas. Eso lo hace mucho mejor el propio sector privado. La burocracia del gobierno ha demostrado, sin lugar a dudas, que incapaz de administrar las entidades públicas. No hay razón alguna para pensar que puede hacerlo bien escogiendo y rechazando empresas privadas. Como regla general, los recursos disponibles para inversión desde el sector público, ya sea total o en sociedad con entes privados, se canalizarán con altísima prioridad hacia la rehabilitación de la infraestructura de transportación, comunicaciones y, sobretodo, producción y distribución de energía. 

La economía de Puerto Rico no es viable dado el coste unitario de la energía que consume. Por lo menos el que ha prevalecido hasta hace apenas unas semanas. El monopolio estatal que produce y distribuye la energía eléctrica deberá funcionar en un ambiente de competencia que le obligue a cambiar radical y rápidamente su cultura. Los proyectos para transportar gas deberán ser reconsiderados. La privatización de las plantas generatrices es necesaria.

En síntesis, para salir de las tinieblas, la prioridad ha de ser la producción. Ello representa un cambio paradigmático para una sociedad acostumbrada a la distribución, no a la producción. Será indispensable un liderato iluminado y fuerte que goce de la confianza y lealtad de la inmensa mayoría de la población. Quizás éste sea el componente más difícil de configurar y aplicar. Nuestra sociedad está polarizada en términos políticos. Dividida en tribus partidistas con distintos grados de fanatismo que impiden la comunicación y el intercambio de ideas. La suspicacia y la desconfianza campean por su respeto y se imponen sobre las buenas intenciones que aun sobreviven entre miembros de todas las facciones.

About Elías Gutiérrez

Profesor de la Escuela Graduada de Planificación de la Universidad de Puerto Rico desde 1966. Nació el 3 de julio de 1942 en la ciudad de Nueva York. En 1945 se traslado a Puerto Rico. En 1964 y 1965, respectivamente, obtuvo grados de Bachillerato y Maestría en Economía de la Universidad de Puerto Rico. En 1966, cursó estudios postgraduados en Planificación Económica en el Instituto de Estudios Sociales de La Haya, Holanda. Más tarde, en 1969 y 1973, respectivamente, obtuvo grados de Maestría y Doctorado en Economía y en Planificación Urbana y Regional de la Universidad de Cornell.
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3 Responses to Conferencia dictada como orador a invitación de la organización IGUALDAD

  1. Luis Pérez says:

    El mensaje expuesto aquí por el prof Elías Gutierrez hay que transmitirlo a lo largo y ancho de Puerto Rico. Sobre todo la idea de que hay que mejorar la economía desde el ELA y dejar de pensar en la idea de que el status es la razón de nuestro desmadre.

    http://wp.me/p2INDS-hI

  2. Ismael Torres says:

    Eso mismo es lo que he dicho yo desdehace años….pero bueno, contrario al autor, yo creo que la inercia es tanta que ya,ni modo…es como el choque del Titanic…esto se está hundiendo, sálvense el que pueda ahora

  3. Ing. Emilio J. Arsuaga says:

    El 95% del pais no conoce a Jesus todavia! La Palabra de Dios en 2da Cronicas 7:14 es la solucion de Dios, pero si el pais no se convier te a Jesucristo no vendra el socorro a todos. E Arsuaga

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