Es necesario producir para distribuir

At press conference at El Nuevo Día
Elías Gutiérrez

Escribí estas líneas en septiembre de 1997. La reacción del gobierno entonces fue muy hostil. Entiendo que el tiempo me dió la razón. Hoy siguen teniendo pertinencia y utilidad.

SOLIDARIDAD PARA EL DESARROLLO

Por Elías R. Gutiérrez, Ph. D.

La sociedad norteamericana se ha estratificado tajantemente por niveles de ingreso. En el país más rico del mundo, la distribución del ingreso se tornó en agenda soberana del discurso político. El estado se convirtió en agente de justicia social vía la política fiscal. Importantes grupos minoritarios dependen cada vez menos de la producción y cada vez más de los programas del “estado benefactor” y de su participación en la economía informal. No sería lógico esperar apoyo político mayoritario a las transformaciones estructurales requeridas por un cambio de estrategia nacional que torne las prioridades hacia la producción. Los números son elocuentes. Los políticos, claro está, responden a los números.

Ahora bien, el sistema capitalista requiere acumulación para la producción. El choque de intereses, entre necesidad de acumulación y la presión por la distribución, ha producido una estridente reacción de parte de los sectores representativos de la clase más favorecida por la actual distribución del poder y la riqueza. Una batalla intensa por el favor de la opinión pública se ha desatado. Ambos extremos del espectro político han recurrido a la aplicación de la mercadotecnia y a los medios de comunicación para prevalecer en el debate político. Por el momento, reina la confusión.

En Puerto Rico se reflejan, y se agudizan, las consecuencias de la confusión que emana del discurso político norteamericano. A pesar del notable crecimiento de los niveles de consumo de esta sociedad, las condiciones de pobreza que en ella prevalecen levantan un reto difícil para el liderato cívico. El discurso y la practica del gobierno no ayuda. La retórica oficial indica que el gobierno pretende establecer una nueva política, cuya prioridad es la productividad y la efectividad en la competencia por mercados internacionales. No obstante, la acción programática del “estado benefactor” ha desvinculado, en la mentalidad de las masas, el esfuerzo del trabajo de su relación con el ingreso.

El ingreso ha llegado a concebirse más bien como un “derecho del ciudadano” que como el resultante del esfuerzo del trabajo.

Para que el sistema democrático representativo funcione adecuadamente, se requiere un nivel educativo considerable y un intenso compromiso con lo social, con el bien común, con el derecho individual y con la protección de las minorías. Pero, ¡cuidado que la minoría (o la mayoría) puede tornarse paralizante o dictatorial! Ello es así, especialmente, cuando se confunde el partidismo y la celebración de elecciones, con la democracia misma. De hecho, el sistema de partidos políticos da señales de no ser ya el más adecuado para servir de vehículo al verdadero progreso social. Los partidos políticos no responden a las exigencias de una realidad que requiere ajustes rápidos a cambios constantes en todos los órdenes. Prevalece, más bien, una tendencia hacia la dependencia, hacia el gobierno paternalista y autoritario. Una tendencia hacia la circunvalación de las reglas y hacia la perversión de los procesos. Procesos, que originalmente se concibieron para proteger derechos individuales o colectivos, ahora son utilizados como instrumentos para bloquear cambios que de percibirse negativamente por grupos beneficiados por la condición operante. El desarrollo económico y el desarrollo político tendrán que ir de la mano, si es que se va a lograr el éxito perdurable. No hay duda alguna que el liderato político confronta un reto de gran complejidad.

No solo de pan vive el hombre. Y, por supuesto, las edificaciones físicas no son las piezas exclusivas del acervo de infraestructura del país. El sistema constitucional y la palabra empeñada del gobierno son piezas tan importantes como los sistemas físicos de carreteras, acueductos y telecomunicaciones. La falta de fe en cualquiera de los sistemas tangibles o intangibles, físicos o institucionales, sobre los que se apoya la actividad económica puede resultar en daños inconmensurables a la sociedad. La confianza en el gobierno, y en la palabra de los funcionarios electos, constituye un ingrediente fundamental para el desarrollo económico de cualquier país. Cuando son los funcionarios públicos los que atacan las bases constitucionales del gobierno, el daño potencial es de proporciones mayores.

El fanatismo ideológico, colocado en primera fila, siempre ha resultado perjudicial. La desconfianza que engendra, produce un considerable aumento en la percepción de riesgo que los inversionistas potenciales asocian con la alternativa de escoger al país como base de operaciones de producción o de inversión financiera. Un resultado casi inevitable es la disminución en la capacidad de crecimiento y, por lo tanto, en estándar de vida.

No puede haber progreso sin que se eleve el estándar de vida de la población. De hecho, para algunos, lo uno y lo otro es lo mismo. Para lograr ese aumento en el estándar de vida, no hay otra solución que no sea el crecimiento sostenido y rápido de la productividad. Ese crecimiento permite una mejor remuneración. En este mundo moderno el avance de la productividad dependerá del conocimiento y de su aplicación a través de la tecnología. Tanto la política educativa, como las políticas fiscales han de reconocer esta realidad. Ese reconocimiento tiene que concretizarse en acción. Acción que resulte en premio al ahorro y al esfuerzo productivo. Acción que no debe ser tronchada por burocracias cuya misión se haya perdido. Acción que, por otro lado, no permita el crimen ambiental ni la usurpación del espacio público de uso común. Velar por esos balances constituye una responsabilidad insoslayable del gobierno porque se trata de una responsabilidad fiduciaria con el patrimonio del país.

El derroche de recursos públicos, para sostener puestos de trabajo que no añaden a la producción, agota –a la larga– la capacidad de la economía para competir en mercados que ya no reconocen fronteras. Es indispensable dotar a la población de las destrezas que, para tener viabilidad económica, exige el nuevo orden mundial. La educación y el adiestramiento ya no pueden ser vistos como en épocas pasadas, v.gr., meros procesos de instrucción mínima.

Para que los sectores productivos de la economía logren absorber el excedente laboral, es indispensable la expansión del acervo de capital físico y de conocimiento. Solo mediante la inversión productiva puede lograrse tal expansión. Por otro lado, el clima institucional ha de ser propicio para convencer a quienes decidan arriesgar su fortuna, o la de los dueños de las empresas que administran, a que escojan al país, entre muchas alternativas, como lugar para realizar inversiones. El compromiso con el desarrollo saludable, la fe en la palabra empeñada del gobierno, y la aplicación justa de leyes y reglamentos son esenciales para propiciar ese convencimiento.

Puerto Rico ha logrado acumular riqueza productiva en magnitud considerable a través del proceso de industrialización. Esa acumulación no ha bastado para confrontar el crónico excedente laboral. No hay fórmulas mágicas para expandir el empleo. Sin embargo, se puede intensificar la capacitación de la población activa para aumentar la probabilidad de la ocupación productiva. La capacitación debe comenzar por el hogar y la escuela y requieren tiempo y dedicación.

Desdichadamente, los frutos de los esfuerzos contemporáneos para mejorar la educación se cosecharán por las próximas generaciones. Ahora bien, se puede y se debe, remediar, en algún grado, los errores del pasado. Para ello es necesario estimular el estudio y la capacitación de la generación de trabajadores que laboran hoy. Este proceso podría dar comienzo con los servidores públicos. En la medida que ello ocurra, el servicio público mejorará y se abrirán oportunidades de trabajo en el sector privado para un buen número de empleados públicos. En general, el sector privado genera puestos trabajo de más alta productividad y mejor remuneración que los que sostiene el sector público. De esa forma el peso de gravedad de la economía podrá desplazarse del gobierno, inmovilizado por su tamaño, a un sector privado más dinámico y competidor. Esa reestructuración deberá ser complementada por la expansión de un “tercer sector” compuesto de organizaciones sin fines de lucro y base comunitaria.

About Elías Gutiérrez

Profesor de la Escuela Graduada de Planificación de la Universidad de Puerto Rico desde 1966. Nació el 3 de julio de 1942 en la ciudad de Nueva York. En 1945 se traslado a Puerto Rico. En 1964 y 1965, respectivamente, obtuvo grados de Bachillerato y Maestría en Economía de la Universidad de Puerto Rico. En 1966, cursó estudios postgraduados en Planificación Económica en el Instituto de Estudios Sociales de La Haya, Holanda. Más tarde, en 1969 y 1973, respectivamente, obtuvo grados de Maestría y Doctorado en Economía y en Planificación Urbana y Regional de la Universidad de Cornell.
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