En velocípedo

Se escuchaba mucho cuando yo era niño un refrán que decía algo así como…”estoy pasando el Niágara en bicicleta”. Se recurría a esa visión absurda para dramatizar la dificultad que se atravesaba y la imposible tarea de vencerla. No es posible atravesar un río en bicicleta. Atravesar el Niágara en ese vehículo es simplemente inimaginable. Bueno, pues algo así pasa con la actual situación económica y social que prevalece en Puerto Rico.

El gobierno, como institución, no es capaz de generar una solución a la insuficiencia de capital que está en la base del problema económico. El capital es indispensable para generar producción. Sin el capital, aplicado a la actividad productiva, no es posible generar puestos de trabajo, añadir valor y elevar el estándar de vida.

El gobierno tampoco tiene capacidad para actuar como ingeniero social. La creciente intervención del gobierno en la economía y en la dimensión social consume recursos y genera desperdicio. Para colmo de males, la intervención gubernamental empujada por demandas sectoriales y de grupos de interés especial, resulta en distorsiones e ineficiencia. Además, crea un ambiente propicio para la corrupción. A la larga, la corrupción destruye la fibra moral de la sociedad y desplaza el conjunto de valores. En otras palabras, la creciente injerencia del gobierno en la economía y en el plano social produce lo contrario de lo que busca, no importa las buenas intenciones.

El país trata de atravesar el Atlántico en velocípedo, cuándo le exige al gobierno que solucione los problemas que confronta. Al perseverar con esta exigencia, la sociedad ha desplazado descomunales cantidades de recursos hacia el gobierno. Hemos creado un monstruo burocrático ineficaz que existe para sí mismo. La reacción automática de la población ante cualquier problema consiste en pedirle al aparato gubernamental que resuelva.

Por otro lado, los partidos políticos han aprendido a nutrirse de la incapacidad del gobierno. Paradójicamente, la ineficacia se utiliza por los políticos para venderse a sí mismos como capaces de resolver la problemática que otros no han logrado resolver. Para ello piden ser electos, piden el poder. El poder de repartir, el poder para intervenir aun más. El poder de hacer más de lo que, precisamente, es en buena medida causa de la problemática. Más gobierno ha resultado en la ingobernabilidad.

La realidad de la desproporción adquirida por el gobierno frente al resto de la estructura social y económica es palpable, es evidente. No obstante, cuando es planteada, la reacción usual de quienes se niegan a reconocerla es un contraataque de naturaleza ideológica. Se recurre a utilizar etiquetas para eludir pensar sobre la temática. Pero es más fácil descartar el asunto diciendo que es sólo la opinión de neoliberales, o de conservadores, o de los libertarios, o del “Tea Party” o peor, de “la derecha”.

No, no es cuestión de derechas o de izquierdas. El problema es cuestión de adecuacidad y escala. El gobierno que hemos desarrollado no cumple con ninguno de estos criterios. Los cuentos de horror que así lo atestiguan son inagotables en número. Lo trágico de la situación es que es gobierno es necesario para realizar ciertas funciones indispensables. La protección de vida y propiedad, la garantía de cumplimiento de contratos, la educación pública y la defensa del territorio son funciones básicas del gobierno. Hoy día, la escala y la ineficiencia alcanzada por los gobiernos les impide cumplir con mínima eficacia con sus responsabilidades fundamentales.

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Por diseño

El sistema de gobierno de los Estados Unidos de America (EEUU) fue diseñado para que fuese difícil en extremo tomar y ejecutar decisiones. Para los forjadores de la constitución de los EEUU la prioridad suprema consistía en evitar y proteger al naciente país de la tiranía. No en balde las trece colonias habían librado una guerra por la independencia. Una guerra que se libró en contra de los instintos de los que se consideraban súbditos británicos hasta que la crueldad y explotación que ejerció el rey Jorge no les dejó otra salida que separación a toda costa.

El diseño del gobierno responde a una estrategia que establece contrapesos para deliberadamente limitar al gobierno. El sistema republicano divide el gobierno en tres ramas de igual rango en importancia. Cada una vela a las otras en un ejercicio que se ha llamado de pesos y contrapesos. Aun la rama legislativa se divide en dos par constituir un Congreso que representa a los ciudadanos siguiendo dos criterios: el número de ciudadanos residentes en cada distrito y una representación fija de dos senadores por cada estado de la federación.

Las piezas que constituyen el gobierno son múltiples y las relaciones entre ellas complejas. El resultado es la complejidad y la ineficiencia. Este es el precio que se estuvieron dispuesto a pagar quienes forjaron la estructura para proteger al país del surgimiento de otra tiranía. El gobierno fue, en sus orígenes, pequeño y manejable. Nunca fue eficiente. Esa característica no se buscaba para una organización a la que, en primera instancia, se le veía con recelo. La primera ley que aprueban los padres de la federación es la ley que gobierna al gobierno. La ley que retiene para el pueblo aquellas áreas en las que limita y aun prohibe que el gobierno ocupe.

Ese diseño de estructura de gobierno ha evolucionado. El gobierno ha crecido en tamaño y complejidad a extremos que se tornan incomprensibles excepto para expertos. De ahí que la toma de decisiones se torne tan difícil. Más aun, los procesos de toma de decisiones y la formulación de legislación transcurre por caminos tortuosos. Ello provoca que lo que finalmente se convierte en legislación o en reglamentación no tiene mucho que ver lo que originalmente se busca.

Puerto Rico ha utilizado como modelo de estructura de gobierno el esquema de los EEUU. El tamaño del sector público alcanza hoy dimensiones que nunca fueron anticipadas cuando se escribió y se adoptó la Constitución allá para 1952. No solo el tamaño del gobierno, sino la complejidad de todos los procesos de decisión y de operación alcanzan hoy intensidades sorprendentes. La ineficiencia es, como decía anteriormente, elemento del diseño mismo. La ineficacia, no obstante, es producto de la complejidad y del tamaño.

El espectáculo que hemos presenciado durante por los últimos dos años en el Congreso en lo pertinente a los procesos de presupuesto y deuda son la mejor eficiencia de un sistema incapaz de funcionar. ¡El gobierno federal ha sido incapaz de aprobar presupuestos durante años! El déficit alcanza cifras de magnitud incomprensible para los seres humanos. La deuda pública ya rebalsa los $16.6 billones (“trillions” en inglés). A la mayoría de los ciudadanos ni comprenden, ni parece importarle la condición financiera de país. Esta actitud se observa en general. Lo que sí levanta pasiones y moviliza sectores es la percepción de peligro con respecto a algún beneficio. A eso el sistema político si responde y responde con celeridad.

Estas realidades explican parcialmente el porqué los gobiernos se han convertido en parte del problema.

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Un tiempo gris

Escucho en estos mismos momentos al gobernador García Padilla en su discurso tras haber jurado al cargo. Se me viene a la mente, a medida que el nuevo gobernador elabora su mensaje, la dificultad que confronta el liderato político para articular un rumbo.

No hay dudas en cuanto a las buenas intenciones de este gobernador. Con toda seguridad ha pensado en torno a la problemática contemporánea. Sabe que la situación económica es compleja y muy difícil. Quiere infundir optimismo. Sabe que necesita salvar las divisiones internas. Parece estar convencido, no obstante, que los males económicos y sociales pueden ser erradicados por los gobiernos. En ese sentido, no rehuye la responsabilidad que asume con el cargo.

Ahora bien, plantea objetivos que parten de premisas discutibles. La salud, nos dice, es un “derecho” de todos. Pues no estoy tan seguro de esa premisa. La salud no puede ser un derecho. La salud requiere de la obligación previa de conducta individual y colectiva que la persiga. No puede reclamar el derecho a la salud aquel que incurra en conducta irresponsable. Reclamamos “derechos”, pero rehusamos aceptar obligaciones y responsabilidades.

La dificultad para articular rumbos proviene, en buena medida, de las cadenas verbales que nos aprisionan. Los clichés y los “slogans” se convierten en cadenas que aprisionan el pensamiento. De ahí la necesidad de pensar muy bien el “slogan” porque frecuentemente se utiliza con el fin de establecer lo estipulado y evitar confrontar las premisas. Es una conocida técnica del debate.

La “creación de empleos” constituye un objetivo que los políticos han convertido en solución. Las frases construidas para la campaña electoral nublan el entendimiento. Los puestos de trabajo responden a la inversión. La inversión responde a las necesidades y oportunidades que transmite el mercado. La expansión de la capacidad productiva es la que posibilita y limita la creación de puestos adicionales de trabajo. Esa expansión depende de la riqueza acumulada. Es decir, del capital.

El gobernador reconoce en su discurso, por fin, que es necesario crear “riqueza”. Le da trabajo decirlo y lo matiza con condiciones. Si, le da trabajo. Pero lo admite. Es un buen comienzo. Espero que no lo olvide. Espero que las inevitables y potentes fuerzas políticas no le obliguen a olvidar muy pronto que sin ese ingrediente no podrá alcanzar el resto de los objetivos. La expansión de la capacidad productiva, de la cual depende la creación de puestos de trabajo, dependerá de la riqueza.

Recordemos que la riqueza es un acervo. El ingreso, por el contrario, es un flujo. Del flujo de ingresos se nutre el ahorro. La creación de riqueza se produce como resultado del ahorro y del rendimiento de las inversiones. Cuando el proceso de acumulación se demoniza, y a los que la crean se les persigue, el capital huye. Entonces la producción retrocede, la economía se reduce a la distribución para el consumo. La inmediatez reina y el futuro se reduce al próximo momento. Al ahora. Al aquí. Ahora bien, la trascendencia del ser humano y de la sociedad de la que forma parte depende, no obstante, de su disposición al sacrificio. Es decir, a esperar, a postergar la satisfacción inmediata en aras de un futuro mejor, más completo, de mejor calidad de vida.

Es necesario que el discurso político vaya cambiando para lograr su adaptación a las realidades. La falta de imaginación y la vagancia mental hacen que los “slogans” aprisionen el pensamiento. Los líderes tienen, como deber primario, ayudar a romper cadenas conceptuales. Cadenas que se han convertido en frases. Frases que no se cuestionan, pero que nublan el entendimiento. Nubes grises que nos limitan en la necesaria tarea de identificar las salidas de la trampa en que nos hemos metido.

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Multiplicando

Multiplicando es el gerundio del verbo multiplicar. A los políticos les fascina el multiplicador Keynesiano. Ese que logra el milagro de los panes y los peces. El gobierno invierte 100, el multiplicador opera y la economía genera 500! ¡Milagro poderoso de la corriente circular del ingreso y el empleo!

Durante la debacle financiera que en el 2008 provocó la gran recesión en los EEUU, se aprobó un programa de inversión financiada por el gobierno federal con el fin de estimular la demanda agregada. Los fondos ARRA (por sus siglas in inglés), una vez invertidos, serían expandidos por el multiplicador y la macroeconomía recibiría un shock positivo. Así como se arranca el motor de un automóvil al que se le agota la batería, el shock provocaría que otros eventos positivos tomaran fuerza. La economía saldría de la recesión.

Pues no funcionó como se vendió. La economía no respondió al estímulo creciendo. En buena medida, porque el monto de las inversiones fue muy pequeño y descoordinado. Simplemente se aceleraron proyectos que estaban listos para dar comienzo a su fase de construcción. Clásico ejemplo de la improvisación política.

En Puerto Rico, no obstante, la inversión de los fondos ARRA sobrepasó los $6,500 millones. Esa considerable inversión de capital público logró mantener la crisis a los niveles que ustedes conocen. Sin ellos la debacle hubiera cundido. Todos aplaudían el estímulo. Los colegas economístas debatía en los medios en cuanto a si el valor del multiplicador apropiado era 2.5, 5.0 ó 4.6.

Los fondos ARRA se agotaron. No hay de dónde financiar más estímulo de inversión pública. Lo que se debate hoy, si hoy 31 de diciembre de 2012, en Washington, D.C., entre los líderes de las distintas facciones del Congreso de los EEUU y el Presidente, es por cuanto se permitirá que se reduzca el gasto público y se aumenten los impuestos. En otras palabras, lo que se discute hoy es el tamaño de un estímulo negativo. Un anti-estímulo que, si queremos ser consistentes, también estará acompañado de un multiplicador. Un multiplicador también negativo.

La descomunal deuda que ha acumulado el gobierno federal, por la irresponsabilidad de sus gobernantes, sobrepasa los $16.3 billones (“trillions” en inglés). Una cifra incomprensible para los seres humanos. Los EEUU han logrado tal prodigio porque su banco central (La Reserva Federal) imprime dólares. Lo dólares son aun considerados como la divisa menos riesgosa del mundo. Por eso China, Corea del Sur y el resto del mundo han estado dispuestos a prestar sus ahorros para que los EEUU financien la deuda de su gobierno. Lo hacen comprando dólares.

A lo que voy. Si no contaremos, de mañana en adelante, con los $6,5 millardos (“billions” en inglés de fondos ARRA), sino que tendremos que apurar lo que nos toque de un recorte proporcional en el presupuesto federal, al darse el topetazo que se negocia en estos precisos instantes, ¿no será lógico esperar un milagroso efecto multiplicador negativos? ¡Pues, claro que sí, hombre!

Entonces, porqué los burócratas, economistas y consultores continúan jugando con palabras diciendo que la economía de Puerto Rico tendrá un “crecimiento” de cero por ciento el año entrante? ¿De dónde tela, si no hay araña?

–Dos y dos son cuatro
–cuatro y dos son seis,
–seis y dos son ocho
–y ocho dieciséis.
–y ocho veinticuatro
–y ocho treinta y dos…
–Brinca la tablita,
–bríncala otra vez,
–bríncala tu ahora que yo me cansé.

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Contratos

Esta dichosa manía de establecer debate público sobre asuntos importantes, pero definidos para propósitos del debate por frases de campaña electoral, no nos llevará a ningún sitio. Digo, a ningún sitio que podamos mencionar aquí.

Por ejemplo, la cantidad total que el gobierno gasta por vía de contratos es insignificante. El ahorro que pudiera realizarse con la supresión total de los contratos que no sean para sufragar servicios directos a los ciudadanos es minúsculo. No obstante, el ruido que se levanta en torno a estas partidos parecería indicar que el déficit estructural del gobierno central se explica por el gasto debido a contratos. ¡Falso!

No olvidemos que más del 86 por ciento del presupuesto de gastos de funcionamiento del gobierno central está ya comprometido por legislación. Toda la pelea concerniente a prioridades se reduce a cómo se asigna el restante 14 por ciento. Las prioridades importantes ya fueron establecidas hace décadas. Los intereses y el principal vencido de la deuda pública se paga en primer lugar. La rama judicial y la Universidad de Puerto Rico reciben su tajada de los ingresos que nutren el fondo general por vía de dos fórmulas. El sistema de presupuesto, a pesar de tímidos intentos ensayados a través del tiempo, aun responde a un patrón que asigna un incremento grande o pequeño sobre el del corriente año. Luego, no hay análisis para establecer si el gasto resultó en lo que se buscaba cuando se aprobó su asignación.

El problema se resuelve por el lado de las nóminas. El desperdicio se tendría que atender, en primer término, en el Departamento de Educación. El sistema de salubridad pública no es viable. Desde que se reformó durante la administracíon Rosselló se hizo evidente que el país no puede costear ese programa de la manera en que se ha implantado. No obstante, lo que se ha hecho es expandirlo.

Por el lado de los ingresos al fondo general, el problema requiere aceptar que el sistema fiscal actual tiene que ser reemplazado por un impuesto al valor añadido. A ese tipo de impuesto al consumo se oponen los que saben que es la solución a la evasión y a la ineficiencia del presente IVU.

Por el lado de las corporaciones públicas la solución a la irresponsabilidad fiscal requiere manos afuera del ejecutivo y el legislativo. Las corporaciones públicas se han convertido en ubres ordeñadas por los partidos políticos.

Por el lado de los gobiernos municipales (setenta y ocho en total) la situación es desastrosa y falta de control. Los alcaldes gastan y luego exigen que se les cubran las cuentas. La razón que prevalece una y otra vez para ceder ante esas exigencias es el poder político de los alcaldes. Na da más.

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Dream Team

Se contaron los votos. Por fin se conoce el resultado electoral. En términos beisbolíticos, el tercer “out” se ha producido, el equipo que servía el campo se va al “dugout” y el campo es ocupado por el otro “team”. La orden al bate determinará quién, y en qué turno, irá al plato para comenzar la ofensiva. Así se juega el béisbol. Cuando concluye cada mitad de “inning” el juego sigue y la próxima mitad de “inning” comienza con la misma anotación con que terminó la anterior.

Algo similar ocurre en nuestro sistema con el cambio de gobierno luego de unas elecciones generales. El partido de gobierno generalmente se convierte en partido de oposición. La situación general, no obstante, permanece. Especialmente en lo que se refiere a la economía y a las finanzas.

La economía sigue estancada y el estándar de vida continua en retroceso. La población envejece y se achica el número de residentes. La emigración se ha disparado y continua el éxodo. El lenguaje de los políticos refleja su resistencia o incapacidad para reconocer la naturaleza y profundidad de la crisis, la causa de la problemática y la culpa que comparten. El lenguaje que domina estos días de interregno mezclan una cacofonía de acusaciones y convicciones que buscan echar la culpa de todos los males habidos o imaginado sobre los hombros de la administración saliente.

Los jugadores del “team” que toma la ofensiva se preparan para consumir sus turnos al bate, blandean sus maderos con elegancia y amenaza. Los fanáticos del equipo que toma la ofensiva sienten la emoción que surge de la esperanza en un “inning” memorable. Un “innning” en el que se logren “hits” y carreras. Un “inning” en el que se rebase la delantera que nos llevan y se tome la delantera en anotaciones. Un “inning” en que se logre romper el formidable “picheo” que hasta el momento ha frustrado la ofensiva de nuestro “team”.

Nuestro “Team”. El mejor. No importa que ocupe en estos momentos la última posición en el escalafón. No importa que en los juegos anteriores haya perdido dos de cada tres. No importa que todos los indicadores sean negativos. No importa que el tercer y cuarto bates estén pasando un claro “slump”. Nada de eso importa. ¡El nuestro, aunque pierda!

Claro, el dirigente del “Team” ha cometido errores imperdonables. Hoy, por ejemplo, cómo se le ocurre poner a un lanzador zurdo. El juego de anoche lo perdió por no ordenar una “plancha”, con hombre en primera, y sin “outs”. Luego, manda al robo de la segunda y … botó la oportunidad de empate. No importa que aquel juego se perdiera 10 a 0, ni que el “pitcher” nos “ponchara” 18 bateadores.

Pues, algo así es lo que estamos viviendo ahora. Las condiciones son negativas. No importa cuán positivos deseemos ser, en nuestra actitud. No es posible ocultar la realidad de la economía. Tampoco puede ya esconderse la situación financiera. Sería temerario e irresponsable ignorar que el gobierno carece de solvencia. Es más, que ha llegado a sus limites para financiar sus operaciones. Tan seria es la situación que la financiación, no ya de operaciones sino de mejoras capitales, se ha esfumado. El gobierno está obligado a tomar prestado para pagar intereses sobre la deuda pública.

Las promesas que ha hecho el equipo al que le toca la ofensiva son portentosas. Todas conllevan gastos. Algunas requieren capital de proporciones considerables. Las fuentes de capital se han limitado por razón de la percepción de riesgo que ahora representa el país. Esa percepción se deriva de la altísima proporción de deuda comparada con los activos con que cuenta el gobierno para honrarla. La percepción de riesgo ha sido afincada por las entidades que se especializan es analizar la condición financiera de gobiernos y empresas.

La fanaticada exige cumplimiento específico. De igual forma que durante el juego de béisbol, la presión se dejará sentir desde el primer “inning”. La razón y la lógica tendrá poco que ver con las emociones y con el entusiasmo de cada uno. Muy pocos intentarán ver la situación en sus méritos. Eso se lo dejarán a los cronistas y comentaristas. Claro, esos también simpatizan con equipos y no son tan objetivos como quieren lucir.

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Síntomas y enfermedades

El léxico que ha penetrado por vía de los pronunciamientos que hacen constantemente políticos y comentaristas confunde los síntomas con la enfermedad.

La bajísima tasa de participación que calcula y publica el Departamento del Trabajo de Puerto Rico es reflejo de la también bajísima demanda por trabajo que genera el mercado laboral de la isla. Por eso cuando la tasa de desempleo se eleva la de participación desciende. No es cuestión de aumentar la tasa de participación. El problema consiste en aumentar la demanda por trabajo. Esa es la meta genuina. Para que aumente la demanda por trabajo es necesario que aumente la producción. Para aumentar la producción es necesario, a su vez, que aumente el capital invertido en las empresas y procesos de producción. Es decir, la demanda por trabajo depende de la acumulación de capital.

Se ha convertido en cliché decir que “Puerto Rico tiene que crecer”. Esa es la supuesta alternativa que plantean los que se oponen a la disciplina fiscal poniéndole la etiqueta negativa de la “austeridad”. En la confusión que surge, parecería que la receta consiste en mantener y aumentar el gasto como remedio a la insolvencia de los gobiernos. En otras palabras, se pretende recetar como remedio para una borrachera, un “buen” trago de whisky.

La economía de Puerto Rico se encuentra estancada. Es decir, no crece, no se expande la producción. Decir, por lo tanto, que el remedio es que “crezca” constituye una verdadera perogrullada. Algo similar sería decirle a una madre cuyo niño llega un día de la escuela con piojos en la cabeza, que el remedio es que no los tenga. Pues siguiendo esa lógica, el remedio para el desempleo sería ¡emplear a todo el mudo! ¡Eureka!

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Alianzas y Consecuencias

Las alianzas en el plano político son más frecuentes y viables en sistemas parlamentarios. En nuestro sistema republicano de gobierno el concepto no funciona de igual forma.

Las alianzas de las que tanto se habló con relación a las elecciones que acaban de celebrarse en Puerto Rico pueden describirse con mayor precisión como promesas de campaña acordados con grupos de interés especial. Por ejemplo, el candidato triunfador hizo ese tipo de “alianza” con los sindicatos del sector público, con grupos dentro del sistema de la Universidad de Puerto Rico, con la asociación de maestros de sistema público, activistas ambientalistas y con la asociación de pensionados del gobierno.

1) Erradicación de la cuota establecida en lugar de una revisión en la tarifa de matrícula de la UPR;
2) Aumento en salarios de los maestros del sistema público;
3) Permanencia de beneficios otorgados a los pensionados por legislación, pero por los que no se cotizó;
3) Sustitución de los ejecutivos de la autoridades de Energía Eléctrica y Acueductos y Alcantarillados
4) Derogación de la ley conocida como “ley Tito Kayak”;
5) Promesas para no establecer tributos adicionales o aumentar las tasas que aplican en los ya existentes;
6) Promesas expresadas en lenguaje leguleyo para dar la impresión que el descalabro de los sistemas de retiro del gobierno puede ser remediado sin tocar a los interesados.

Tomemos estas seis áreas y examinemos el resultado de las supuestas alianzas. En primer término, notarán ustedes que las llamadas alianzas no son otra cosa que compromisos de campaña por los cuales el candidato prometió hacer o no hacer a cambio del apoyo electoral. Veamos.

La UPR ha sido intervenida por los partidos políticos desde siempre. Esa intervención se traduce en una dependencia extrema de la institución en fondos públicos para su operación. Esta realidad se ha tratado de mitigar por vía de una fórmula que establece por ley la porción porcentual del fondo general que se destina a la UPR. En ciertas épocas, el gobierno central ha utilizado su poder para circunvalar dicha fórmula. Lo ha hecho, por ejemplo, definiendo si tal o cual ingreso del Estado va al fondo general o no. También se ha recurrido a obligar a la UPR a sufragar gastos que le corresponden al gobierno central. El ejemplo más dramático lo tenemos con el hospital de la UPR en Carolina. Ese hospital acumuló deudas con la UPR que rebasan los $60 millones. En días recientes, la Junta de Síndicos de la UPR condonó dicha deuda.

La calificación crediticia de la UPR ha sido revisada hace escasamente unos días y colocada en un nivel inferior a requerido para considerarse de calidad de inversión. Moody´s Investor Services ha colocado a la UPR en categoría especulativa. La que comúnmente se conoce como “junk”, basura, español. La cuota que en la campaña el gobernador electo prometió erradicar está garantizando el servicio de parte de la deuda de la UPR. Si se erradica, el Estado tendrá que suplir una garantía sustituta y un ingreso suplementario a la institución.

El gobierno de Puerto Rico muestra un déficit estructural en su presupuesto de funcionamiento. Como resultado de sostener esa situación deficitaria por décadas, la deuda ha crecido a niveles que rebasan la prudencia financiera. En otras palabras, ya no es posible recurrir a soluciones de naturaleza puramente financiera. Será necesario que la economía real responda y genere valor adicional. Sólo la producción logrará crear oportunidades de trabajo. El trabajo, y la producción que de esa actividad surge, es la que tiene el potencial de sostener el estándar de vida y el gobierno que tenemos. ¡No es al revés!

Todas las promesas de campaña cuestan. Alguien habrá de pagar por ellas. El intento de dominio por, y el apaciguamiento ante, los sindicatos del sector público coarta la capacidad para generar producción desde las corporaciones públicas. El modelo de la corporación pública se basa en la autonomía de la entidad para con el ejecutivo y el legislativo. De esa forma, la corporación pública opera como una privada y genera un sobrante. De ese sobrante aporta “en lugar de impuestos” al erario.

El apaciguamiento de grupos activistas también cuesta. Si los grupos de presión logran que el gobierno deje de hacer cumplir la ley, el acervo de capital social se menoscaba. Esta realidad es así tanto para temas de carácter ambiental, como para cualquier otro.

La función principal del gobierno ha de ser, precisamente, hacer cumplir la ley y proteger a las partes cuando establecen, por vía de contratos, la ley entre ellas. He aquí el problema que surge cuando se promete erradicar una ley que lo que busca es que el estado proteja la propiedad y los derechos de los ciudadanos. La ley conocida como “Tito Kayak” intenta hacer valer el derecho de aquellos desarrolladores que, habiendo obtenido los permisos requeridos, sufren la paralización de las obras por el activismo de opositores al proyecto.

El mensaje que recibe la comunidad inversionista es que la nueva administración no protegerá necesariamente la construcción de un proyecto, si el mismo genera oposición. No hay forma que de ahora en adelante la percepción de riesgo asociado a inversiones a realizarse en Puerto Rico aumentó con esas declaraciones del gobernador electo. Más aun, cuando fueron hechas en una reunión con activistas de medio ambiente. Esa percepción se verá reflejada un el coste de capital más alto para Puerto Rico. Lo que menos necesita la economía del país.

El mismo análisis puede hacerse con el resto de los 6 puntos señalados anteriormente.

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El chantaje electoral

El 24 de octubre de 2012 colgué este comentario en mi página de Facebook.

En estas semanas cercanas a las elecciones generales y a un plebiscito de status sufriremos otra vez la injuria a la que ciertos sindicatos someten a la población. Lo hemos sufrido en el pasado de parte de la Federación de Maestros, de los camioneros, del sindicato de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados, de asociaciones de empleados en la Universidad de Puerto Rico y la lista continua. Ahora lo llevará a cabo el sindicato más poderoso de la isla, v.gr., la UTIER.

La UTIER cuenta con el poder de hacer difícil la operación generatriz de energía electríca, sino de paralizarla si se lo propone. Puede, de hecho, paralizar gran parte de la economía del país. Aun sin poner en marcha un esfuerzo por paralizar el suplido eléctrico, con su retórica infunden incertidumbre y temor en los gerentes y en los trabajadores del sector privado y público. Lo hacen sabiendo que la energía eléctrica es el factor estratégico de la economía contemporánea. Lo hacen sabiendo que en el pasado administraciones de turno han intentado apaciguar este tipo de exigencia. Exigencia que se realiza con la mano sobre el obturador. No importa la condición económica de la AEE. Se exige en función de lo que se pueda exprimir del flujo de fondos de la corporación. De dónde saldrán los recursos no es asunto que le quite el sueño a los representantes laborales.

En esta ocasión la UTIER explica por voz de sus representantes que los aumentos en sueldo que exigen son viables porque la AEE los puede sufragar recurriendo a las reservas de depreciación. Es decir, que se sacrifiquen los recursos que han de financiar el mantenimiento y la reposición de planta para cubrir parte de la nómina. Estos son los mismos voceros laborales que recriminan a la gerencia por la insuficiencia del mantenimiento.

Esta misma actitud de fuerza y amenaza desplegó el sindicato de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados durante la gobernación de Sila María Calderón. Ese fue el detonante que llevó a su decapitación por corrupción.

Algo similar ocurrió durante la presidencia de Ronald Regan. Lo controladores de vuelo de los EEUU intentaron chanteajear al país. A ese presidente no le tembló el pulso. Destituyó a los huelguistas y sentó la pauta para de ahí en adelante.

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Optimismo de tontos

Hay una tendencia entre nosotros a pensar que siendo optimistas resolvemos las crisis. El optimismo, como característica de actitud frente a problemas creado por nosotros, solo nos conduce a la inacción. El optimismo es una actitud que, generalizada y elevada al nivel de característica positiva de personalidad, nos puede conducir al desastre.

La generación de nuestros abuelos transformó una actitud frente a los retos que le permitió vencerlos y prosperar. Ese progreso, logrado por vía del esfuerzo y el trabajo, se transformó a su vez en un optimismo basado en la experiencia del progreso alcanzado por vía del trabajo y el sacrificio. Ese no es el mismo optimismo que hoy se predica de forma insensata y desconectada de una experiencia de esfuerzo. Es, más bien, otra forma de justificar la pasividad y la irresponsabilidad.

Hay que ser positivo. Hay que ser optimista. El pensamiento negativo solo trae la auto-realización de lo peor. Falso. De ser así, no habría necesidad de contar con un cuerpo de bomberos; no sería necesario que los navíos estuviesen equipados con botes salvavidas; no serían necesarias las salas de emergencia y, menos aún, las de trauma. Solo bastaría con ser optimista y positivo.

El concepto del optimismo enfermizo percoló y se ha convertido en una especie de regla de conducta entre los economistas. Se justifica el optimismo en función de que supuestamente, en ausencia de un discurso optimista, el pesimismo se extiende por el mundo de los negocios y la economía se contrae. En realidad, lo que se pretende es generar expectativas positivas para impulsar la especulación.

Esa actitud ha provocado, entre otras cosas, burbujas especulativas en el mercado de la vivienda y de los bienes raíces en general. Lo políticos han implantado el discurso optimista para justificar todo tipo de irresponsabilidad. Pensamiento positivo y el que venga atrás, que arree.

Pues no. Yo no puedo ejercer la profesión y ser, al mismo tiempo, optimista. Todo lo contrario. Veo y percibo por todos los costados síntomas de estancamiento y degeneración. Veo los sistemas gerenciales en descomposición. Veo los sistemas de producción en contracción. Veo la población con potencial de esfuerzo productivo, emigrando. Veo el resto de la población envejeciendo y empobreciendo. Veo los sectores informales e ilegales de la economía llenando los espacios de la producción y servicios. Veo el arraigo de un comportamiento general de tipo suma cero. Es decir, lo que tu ganas, lo pierdo yo. Veo y escucho opinar sobre cosas que no se entienden. Veo y escucho la demagogia y el populismo irresponsable.

¿Cómo es posible ver y escuchar lo que he señalado y ser optimista? No. Lo que se está pidiendo es que sea un tonto de capirote.

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